Escuer y Bernal

6 de junio de 2011

LEMMINGS

Richard Matheson


-¿De dónde vienen? - preguntó Reordon. -De todas partes - replicó Carmack.

Ambos hombres permanecían junto a la carretera de la costa, y, hasta donde alcanzaban sus miradas, no podían ver más que coches. Miles de automóviles se en­contraban embotellados, costado contra costado y parachoques contra parachoques. La carretera formaba una sólida masa con ellos.

-Ahí vienen unos cuantos más - señaló Carmack.

Los dos policías miraron a la multitud que caminaba hacia la playa. Bastantes charlaban y reían. Algunos pero manecían silenciosos y serios. Pero todos iban hacia la playa.

-Simplemente no lo comprendo - dijo Reordon, meneando la ca­beza. En aquella semana debía de ser la centésima vez que hacía el mismo comentario -. No puedo compren­derlo.

Carmack se encogió de hombros.

-No pienses en ello. Ocurre. Eso es todo. -¡Pero es una locura!

-Sí, pero ahí van - replicó Carmack.

Mientras los dos policías observaban, el gentío atra­vesó las grises arenas de la playa y comenzó a adentrar­se en las aguas del mar. Algunos empezaron a nadar. La mayor parte no pudo, ya que sus ropas se lo impi­dieron. Carmack observó a una joven que luchaba con las olas y que se hundió al fin a causa de su abrigo de pieles.

Pocos minutos más tarde todos habían desaparecido. Los dos policías observaron el punto en que la gente se había metido en el agua.

-¿Durante cuánto tiempo seguirá esto? –preguntó Reordon.

-Hasta que todos se hayan ido, supongo replicó Carmack.

-Pero..., ¿por qué?

-¿Nunca has leído nada acerca de los Lemmings?

-No.

-Son unos roedores que viven en 1os Países Escandinavos. Se multiplican incesantemente hasta que acaban con toda su reserva de comida. Entonces comienzan una migración a lo largo del territorio, arrasando cuanto se encuentran a su paso. Al llegar al océano, siguen su marcha. Nadan hasta agotar sus energías. Y son millones y millones.

-¿Y crees que eso es lo que ocurre ahora?

-Es posible - replicó Carmack.

-¡Las personas no son roedores! - gritó Reordon, airado.

Carmack no respondió.

Permanecieron esperando al borde de la carretera, pero no llegó nadie más.

-¿Dónde están? - preguntó Reordon.

-Tal vez se hayan ido.

-¿Todos?

-Esto viene ocurriendo desde hace más de una semana. Es posible que la gente se haya dirigido al mar desde todas partes. Y también están los lagos. Reordon se estremeció. Volvió a repetir:

-Todos...

-No lo sé; pero hasta ahora no habían cesado de venir.

-¡Dios mío...! -murmuró Reordon.

Carmack sacó un cigarrillo y lo encendió.

-Bueno - dijo -. Y ahora, ¿qué?

Reordon suspiró:

-¿Nosotros?

-Ve tú primero -replicó Carmack-. Yo esperaré un poco, por si aparece alguien más.

-De acuerdo - Reordon extendió su mano -. Adiós, Carmack - dijo.

Los dos hombres cambiaron un apretón de manos. -Adiós, Reordon - se despidió Carmack.

Y permaneció fumando su cigarrillo mientras obser­vaba cómo su amigo cruzaba la gris arena de la playa y se metía en el agua hasta que ésta le cubrió la cabeza. Antes de desaparecer, Reordon nadó unas docenas de metros. .

Tras unos momentos, Carmack apagó su cigarrillo y echó un vistazo a su alrededor. Luego él también se metió en el agua.

A lo largo de la costa se alineaban un millón de co­ches vacíos.