2 de diciembre de 2012
DESEO NAVIDEÑO
14 de septiembre de 2012
SUEÑO
Carl Jung
Aproximadamente a los tres o cuatro años tuve el primer sueño del que logro acordarme y del cual debía ocuparme, por así decirlo, toda mi vida. La casa parroquial se erguía solitaria cerca del castillo de Laufen, y detrás de la finca de Messmer se extendía un amplio prado. En sueños penetré en este prado. Allí descubrí de pronto, en el suelo, un oscuro hoyo tapiado, rectangular, nunca lo había visto anteriormente. Por curiosidad me acerqué y miré en su interior. Entonces vi una escalera de piedra que conducía a las profundidades, titubeante y asustado descendí por ella. Abajo se veía una puerta con arcada románica cerrada por un cortina verde. La cortina era alta y pesada, como de tejido de malla o de brocado, y me llamó la atención su muy lujoso aspecto. Curioso por saber lo que detrás de ella se ocultaba, la aparté a un lado y vi una habitación rectangular de unos diez metros de largo débilmente iluminada. El techo, abovedado, era de piedra y también el suelo estaba enlosado. En el centro había una alfombra roja que iba desde la entrada hasta un estrado bajo. Sobre éste había un dorado sitial extraordinariamente lujoso. No estoy seguro, pero quizás había encima un rojo almohadón. El sillón era suntuoso, ¡como en los cuentos, un auténtico trono real! Más arriba había algo. Era una gigantesca figura que casi llegaba al techo. En un principio creí que se trataba de un elevado tronco de árbol. El diámetro medía unos cincuenta o sesenta centímetros y la altura era de cuatro o cinco metros. La figura era de extraños rasgos: de piel y carne llena de vida y como remate había una especie de cabeza, de forma cónica, sin rostro y sin cabellos; únicamente en la cúspide había un solo ojo que miraba fijamente hacia arriba. La habitación estaba relativamente bien iluminada, pese a que no había luz ni ventanas. Sin embargo, allí, en lo alto, reinaba bastante claridad. La figura no se movía. No obstante, yo tenía la sensación de que en cualquier momento podía descender de su tronco en forma de gusano y venir hacia mí arrastrándose. Quedé como paralizado por el miedo. En tan apurado instante oí la voz de mi madre como si viniera de fuera y de lo alto, que gritaba: «Sí, mírale. ¡Es el ogro!» Sentí un miedo enorme y me desperté bañado en sudor. A partir de entonces muchas noches tenía miedo a dormirme, pues temía que se repitiera un sueño semejante.
11 de septiembre de 2012
LOS NOVIOS
Andrea González
Ella temblaba entre los brazos congelados de su novio muerto. En su espesa y hermosa cabellera castaña todavía había tierra y astillas de madera del ataúd. A su lado descansaban el hacha y la pala. Estaba pálida. Sus manos sangraban. El lunar junto a su boca carmesí parecía una mosca inoportuna que hubiera muerto pegada a la dulzura de su dolor. Abrazaba el cadáver de un joven apuesto y de finas facciones.
—Cierra los ojos, amor mío —le dijo ella acariciándole el cabello—. Ciérralos para que no los vea nadie. Ciérralos para que no distingan las afiladas cuchillas en forma de estrellas que salpican tu sepulcro con su luz blasfema. No los abras, no los abras nunca más.
Sobre ellos caían las gotas pequeñas de una persistente llovizna. Ella recorría con sus manos el cuerpo de su novio muerto. Él se dejaba seducir por el perfume de flores de su novia viva. Ella imaginaba la loción de madera que alguna vez había inalado en el cuello de su novio muerto. Lo besó en el pecho, temblando, buscando…
Arrodillada en la tierra, ella salpicaba las gotas de sangre de sus dedos en las muñecas de su novio muerto. A lo lejos crujían los árboles sobre las tumbas. Cerca de ellos otros habitantes del cementerio resistían el viento frío dentro de sus cajones. La luna manchaba de blanco la tranquila oscuridad de sus secretos e inmortales afectos.
Ella lo besó en los labios, intentando absorber la muerte. Entonces todo se volvió una penumbra impenetrable. Al mismo tiempo que ella caía en un sueño en el que podía escuchar todo lo que pasaba a su alrededor, su novio muerto se levantó. La tomó en sus brazos y lentamente la posó sobre el interior aterciopelado de la cama mortuoria. Le cerró la hermosa boca aún entre abierta. Selló el ataúd. Algún día le devolvería el favor a su amada.
Los ojos aterrados de ella buscaban un resquicio insignificante de luz. Intentó por lo menos parpadear, pues no sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados. El latido de la tierra y de cientos de corazones derretidos reemplazaban sus propios signos vitales. Mientras tanto, él intentaba caminar. Intentaba desesperadamente mover sus piernas. Cayó de bruces en la tierra suelta. Intentó arrastrarse. La lluvia lo quemaba. Lentamente vio cómo su piel se volvía ceniza. Después ya no alcanzó a ver nada más.
25 de agosto de 2012
EN EL BOSQUE
Iliana Díaz Anguiano
Ella se dejó guiar de su mano. Sentía el corazón retumbándole enloquecido en el pecho, y era como si su corazón provocara todos sus temblores. Volteó a verlo y le sonrió, nerviosa. Hubo en ella un segundo de duda pero al mirar su reflejo en esos ojos dulces y vidriosos de excitación, esa duda se le deslizó como una capa cayéndose de sus hombros. Por entre los árboles un rayo de luna se coló, matizándole de azul la cara y aumentando el brillo de la humedad en sus labios. Entonces Caperucita aulló, vaticinando su inminente transformación...
1 de julio de 2012
EL RETORNO
Enrique Layna Ordóñez
Es el treinta y siete. Les llamaré días por no tener otra palabra con la cual designar esta sucesión de instantes infinitos, cuya única medida es el ocultarse y despuntar de las tinieblas. La mañana gris bajo la bruma trae consigo la mala nueva: mi amado ha muerto en la oscuridad. Al fin el ayuno acabó con su escasa resistencia. Nunca con su templanza. Su mano siniestra aún aprieta la daga/crucifijo contra sus labios; la derecha, rígida, acuna genitales rígidos. Con mis manos escarbo la maldita arena que no deja crecer ni plantas ponzoñosas; algunos anélidos oscuros se me incrustan bajo las uñas. La fosa no alcanza mucha profundidad. Deposito su cuerpo y lo cubro lo mejor que puedo apisonando la arena; de cualquier modo queda un ligero túmulo, evidencia del volumen inerte de su cuerpo. Sigo mi camino sin dirección por esta tierra dura, buscando mi sombra para que me señale algún rumbo. Sólo desierto hasta el horizonte. Al final, la semiclaridad se rinde para dar paso a la verdadera tiniebla. Me dejo caer aquí, que es decir en cualquier parte, porque la planicie sin fin carece de rasgos distintivos. La luminiscencia del trigésimo octavo día me devuelve el horror. A mi lado yace el cuerpo yerto de mi compañero. Su cadáver siguió mi rastro durante la noche. Son sus despojos, aunque deformados. El amoratamiento indica su franca entrada al estado de descomposición, como si el contacto con la arena acelerara el proceso, como si el propio suelo reclamara el reintegro de sus componentes con la mayor celeridad posible. El rictus del rostro me hace pensar en su irónica sonrisa, que acaso podría expresar también una dolencia profunda. Lo entierro de nuevo. Ahora, a pesar de los gusanos, a pesar de las heridas en mis manos causadas por esta arena vidriosa, lo deposito más abajo. Busco algunas piedras para reforzar el trabajo y le doy el toque final cuando incrusto la daga sobre el montículo; diminuta cruz señalando el lugar en que espero repose mi amigo de manera definitiva. Ahora me apresuro hacia ninguna parte, sin confesar el deseo de alejarme del cadáver de quien ha sabido ser, además de compañero leal, mi guía y mi maestro. Me distancio de su corporeidad y de los recuerdos de otros tiempos. De su enseñanza y de su fe que me han dejado en este llano sin salida. El tránsito de claridad a penumbra tiene lugar sin cambios. La nubosidad sempiterna de esta tierra baldía me impide contemplar las estrellas. Sueño sin imágenes una ominosa presencia acechante, de la que sólo escapo gracias a la luz escasa de la mañana siguiente. Fatal desconsuelo; fiel a su promesa mi amante no me abandona. Luego de apartar la arena abrasiva y las rocas que aprisionaban su cuerpo, su piel destrozada revela algunos órganos por entre los huecos de su sistema óseo. Las bacterias hacen su trabajo mientras despiden olores repelentes. Le hablo sin conseguir respuesta. Su miembro es azulado, se mantiene erguido, afilado. Los ojos me miran y no ven, la mueca es risa burlona. Comienzo la labor por tercera vez. Con calma. Me tomo casi todo el día treinta y nueve ya sin esperanza, con la desilusión anticipada. Aunque sé que es un gesto inútil, lo entierro y entierro la daga en el corazón, pero esa víscera está en desuso, muerta. Ya ni siquiera me alejo. Intento escuchar; sin embargo; la fatiga me vence. Me despierta el peso muerto redivivo. Jirones de carne se agitan sobre mí, líquidos viscosos humedecen mi cuerpo; aspiro un hedor insoportable mientras él penetra mis carnes al ritmo sincopado del juego eterno. Mantengo los ojos cerrados pero mi mente ve. La frase sigue una ruta inexorable hacia mi conciencia: y resucitó al tercer día... y resucitó al tercer día... y resucitó al tercer día...
CIUDAD ROJA
Dina Grijalva
En mi ciudad los lectores de periódicos nos hemos convertido lenta pero inexorablemente en vampiros. Buscamos las páginas rojas que sabemos de antemano chorrean sangre. Nos relamemos desde que abrimos el periódico. Los vespertinos son de hecho sólo páginas rojas. En los cruceros los conductores vampiros devoramos primero con los ojos los titulares sangrientos y compramos ávidos de detalles de las masacres con manos temblorosas, para saborear con fruición y voluptuosidad la sangre.
NO TAN VIVA
Magdalena López Hernández
I
Lunes 31 de enero de 2006. Hora de muerte: 13.28 hrs.
Una vez que el doctor cerró el hecho de muerte, te llevaron en camilla hacia la morgue, abrieron una de las puertas del contenedor, te colocaron sobre la plancha y comenzaron a empujarte dentro.
—Espera, Fabián, acaban de llegar por el cadáver.
—A buena hora — el enfermero torció los ojos, arrastró la plancha de nuevo hacia el exterior y te cubrió el cuerpo con una sábana.
Afuera los pasos caían uno tras otro sobre el corredor. Su eco se filtró por la puerta mientras los murmullos iban adquiriendo forma al acercarse.
—Llegó hace una semana — dijo — después de un accidente automovilístico. Fuera de un par de rasguños no tuvo lesiones graves: ni huesos rotos ni músculos desgarrados o hemorragias internas.— los pies en la puerta —. Suponemos que fue el shock lo que provocó el coma. Estuvimos tratando de contactarlo pero no obtuvimos respuesta — la voz del médico se escurrió por los escalones hasta detenerse al borde de la plancha para retirar las sábanas, el aire frío de la morgue te tocó el rostro —. ¿La reconoce? — silencio — Muy bien. Para poder llevársela le pedirán un par de firmas, una identificación y algún documento que corrobore su parentesco con el difunto. Lamentamos su perdida.
De la plancha a la camilla y en la camilla se cerró la bolsa de cadáveres. Cruzaste el hospital, y ya en el auto mortuorio, partiste sobre ruedas al velorio.
El ataúd te esperaba acolchado y rodeado de sirios; te recibió elegante y vestida de noche como si aún muerta tuvieras que dar una buena impresión; se volvió el escenario que, una vez cerrado, dejó tras de ti una lluvia de lágrimas y lamentos que te siguió hasta la entrada del mausoleo.
—Descanse en paz — fueron las palabras que se escabulleron por la rendija de las puertas cerradas.
II.
Despiertas sin despertar realmente. Eres apenas consciente de que algo en ti se reactiva, de que la sangre adormecida corre y aviva el pulso, la sinapsis, y con ésta las neuronas y el cerebro que comienza a deletrear el pensamiento “Despierta”. Tus pulmones jalan el aire limitado de la caja, se dilatan y, en un espasmo, abres los ojos.
Tus pupilas azules, perdidas entre tanta oscuridad, van de un lado a otro de la córnea. Te entra pánico. ¿Dónde estoy? Empujas la sombra lejos de tu cuerpo, te alzas sobre la tapa del féretro: regresas al mundo —¿Dónde estoy?— y te bombardea un olor a muerto y polvo.
Sondeas el terreno. En medio del horror sólo captas el apellido común: Patiño. Entre tumbas genealógicas, el mausoleo te da la bienvenida. Giras y tu padre, giras y la abuela, giras y el hermano que murió apenas expulsado, y justo al lado, tu muerte tallada en la madera del ataúd.
06 de junio de 1980—31 de enero de 2006
Pero estoy aquí, yo estoy aquí, ¿cómo puedo estar muerta si yo me veo aquí? Será que…imposible, yo siento que respiro, que veo, que palpo las cosas yo…sientes el rugir del hambre y el ardor de una sed que ha sido alimentada durante un tiempo que no recuerdas; sólo entonces, tienes fe en que estás irremediablemente viva.
III.
Comienzas a producir saliva. Lengua y garganta reciben el consuelo de una humedad que se evapora para dejar un desierto aún más árido. Salivas de nuevo pero tu saliva ha llegado a un punto muerto. Al sentir la resequedad en la boca, tu desesperación se alza hacia su punto límite.
Bajas del ataúd, caminas. Agua. Agua. Agua. En gotas, en charco o en lodo, a esas alturas todo es aceptable. Buscas a tientas. Inspeccionas el techo, el suelo, las esquinas; mueves los féretros. Debajo de la abuela encuentras un charco con gusanos de podredumbre. Suspiras, qué es un mausoleo sin rastros de humedad.
Acercas los labios muertos, sorbes. La corriente del charco reaviva el paladar, la lengua, la garganta; desciende por el esófago y arde en el estómago, que, a base de náusea, te exige comida.
Un primero vómito y no sabes qué pasa, un segundo y caes en cuenta de que necesitas algo más que agua. Vuelves a acercar la boca al charco, ya no bebes, dejas que los gusanos huelan tu carne y te escalen por la barbilla hasta llegar a tus labios para que por entre ellos se adentren a tu lengua donde los sientes retorcerse, contonearse en un movimiento baboso. Quieres vomitar pero el cuerpo te grita Hambre. Muerdes, el culebrear de los gusanos se vuelve más inquieto: sus cabezas golpean los labios cerrados, sientes el mordisco de sus dientes que tratan de abrirse paso por las paredes de tu boca, uno o dos logran escabullirse por entre tus labios pero el hambre los jala directo al estómago. Con lágrimas de asco, sigues mordiendo, tragas. Crees que el infierno ha terminado, sin embargo, aún escuchas el cuerpo gritándote “Come, Bebe”
Gritas, te jalas el cabello. Corres de un lado a otro del mausoleo. Ni un charco ni una gota más. Dentro de los ataúdes se acabaron los gusanos porque no hay gusanos que se alimenten de polvo. Sigues buscando. Destapas y hurgas en las ropas de los cadáveres, en los forros del féretro, en vano siempre en vano. ¡Basta! Moriré de hambre pero al menos ya estoy en la tumba. Sueltas una patada y contra el suelo se estrella el último féretro.
Dentro de él, un cuerpo sin putrefacciones ni gusanos; un cuerpo que, con suerte, aún conservará sangre —agua— fresca. Ni siquiera piensas en educación, ni siquiera piensas en cubiertos: en un primer mundo fueron las garras y los dientes para saciar el hambre.
IV.
Recorres el torso con la lengua anticipando el sabor de la carne. Acercas los dientes, los entierras, muerdes, y con toda la energía de tu sistema hambriento, arrancas. La piel gotea coágulos de sangre y tú masticas con el sabor del cielo rebotando entre el paladar y la lengua. Tragas. La calidez de la saciedad acaricia tu estómago antes de que el hambre regrese con más fuerza. Una segunda mordida y no te das cuenta de que en algún lado sangras. Sumerges la cabeza en el agujero abdominal que has cavado a fuerza de mordidas, te das cuenta que, entre los huesos, la carne de los órganos es más suave.
El estómago se te llena de calambres, de dolor. Es el agua. No importa. El agua…el ardor en la garganta. De nuevo, la sed. Diriges la aboca al cuello y muerdes y masticas y tragas mientras ves que entre los coágulos se desliza un poco de sangre fresca. Bebes hasta el límite de lo posible, no es suficiente. Abres el cuello en su totalidad, también el pecho. Un mareo. No importa, en el corazón y las arterias aún buscas vestigios de sangre, y bebes hasta que el cadáver queda seco y el instinto saciado.
Otro mareo, el dolor del cuerpo se vuelve insoportable pero lo olvidas cuando, con la boca sorbiendo de las arterias, el hambre se vuelve gula. “Las mejillas son siempre la parte más rica”, era lo que papá sostuvo hasta el día de su muerte.
Te deslizas hacia el rostro. Los dientes se preparan, sin embargo, al dar la mordida ya no pudiste aguantar el dolor. Sangraste y de tu rostro la sangre cayó en coágulos sobre el rostro del cadáver. Al verlo se te fue el aliento y la mirada se te llenó de espanto. Te levantas, y sin dejar de mirar el cuerpo de ojos azules, te inspeccionas.
No tardaste en darte cuenta de que tu mejilla sangraba y que tu estómago era un agujero cavado a fuerza de mordisco. Ríes, después de todo, no estabas tan viva
13 de junio de 2012
LA PARTIDA
Daniela Castro Nosti
El viento soplaba, haciendo que los árboles crujieran y las hojas ya caídas se levantaran, cual vestidos de muñeca hace tiempo arrumbada. Cualquier ser inteligente se habría quedado en casa, sentado junto al fuego, pero siendo el universo impredecible como lo es, no tuve más remedio que tomar mi abrigo azul y salir a la calle.
La noche, de homogénea negrura, me cobijó mientras recorría paso a paso las sigilosas avenidas que horas antes simulaban la atareada vida de un hormiguero, un impulso casi perverso movía mis pies, que parecían conocer de memoria el camino, aunque yo no supiera a donde me dirigía, todo se llenaba de bruma ante mis ojos. Finalmente me senté en el banco de un parque desconocido, el valiente general de alguna guerra centenaria me miraba desde su caballo detenido en dos patas sobre la base del monumento.
Mis pies no tenían la intención de moverse más, me pregunte si esta extrañeza que sentía de repente era alguna condición médica o si se trataba de algo que ningún científico podría resolver.
Suspiré, no importaba, yo estaba ahí, sentada y ese gentil caballero me miraba con sus ojos profundos de piedra, perdida en ellos me deslicé como un fantasma, subí al monumento, me imaginé el dolor de su esposa, acaso con el vientre abultado como el mío, esperando que el niño pudiera ver a su padre fuera de las fotos. Imaginé, o quizás recordé, como sería la despedida, una lágrima rodó por mi mejilla y estiré mi brazo esperando retenerlo. De alguna forma se me había dado esta oportunidad, de verlo una vez más, de perderme en sus ojos.
Y esta vez, era yo la que se iba.
11 de junio de 2012
EL CUENTO QUE TE CONTÉ CON T
Dina Grijalva
Telma y Tito trabajan y telefonean a todos para la tardeada. Temprano, Tania y Tahir traen: tofu, tapioca, tocino, tortillas de trigo, tortas de ternera con tomillo, tasajo en tempura, teleras, tenedores, trastes de talavera y de teflón. Como tentempié, Telma toma una tartaleta y trozos de tuna.
Tizoc trae: tacos, tlacoyos, totopos tostados, tamales de totol, tostadas de tinga, tilapia en tomate, timbal, toronjas, tejocotes. De tomar: tequila, te de tila, teteras con telimón tibio. Tizoc tomó tantito tepache bajo el tabachín. También traía tabaco.
Telma trajo: tartas de tamarindo, tiramisú, turrón, trufas, torrejas, todo tradicional.
Tania tiene un traje típico de tehuana; Tizoc, una túnica toda teñida, Telma, un traje de tenue tela de tisú. Los trovadores tocan el tololoche y tañen el teponastle. Tahir toca el teclado y tararea, con tono de tenor, tangos tristes.
Tamara toca a Tahir. Tahir toca a Tamara. Tamara trae un traje de terciopelo con tulipanes y una tiara de turquesas. Tahir toma el traje de Tamara, la tiara y también la tanga. Tamara toma el traje y la trusa de Tahir. La tertulia se troca en tentación. Se tiran en la terraza, bajo el techo de tejas, sobre el tapete tinto. Tahir tienta con ternura el tatuaje de tucán en el tobillo de Tamara y la tersura de su talle. Se turban y en trance se transportan de lo tibio a lo tórrido, lo turbulento, lo túrgido. Toda la tristeza de Tahir se transforma, todo lo tangible es tocado. Toda tribulación y templanza se trizan. Trepidantes transgreden todos los tabúes, tiemblan, trepan, tantean, transfieren, transigen, traquetean, trasnochan, trastornan, trenzan, trinan, transpiran, tiritan, tintinean, titilan. Toda la tierra y todo el tiempo se trastocan y tornan en torrente y torbellino para Tahir y Tamara. Se transfiguran. Triunfo total de la tentación.
6 de junio de 2012
EL LAGO
Ray Bradbury
La ola me encerró apartándome del mundo, de los pájaros del cielo, los niños en la arena, mi madre en la playa. Hubo un momento de silencio verde. Poco después la ola me devolvió al cielo, a la arena, a los niños que gritaban. Salí del lago y el mundo me esperaba aún, y apenas se había movido entretanto.
Corrí playa arriba.
Mamá me frotó con un toallón.
-Quédate ahí hasta que te seques -dijo.
Me quedé allí, aguardando a que el sol me quitara los abalorios de agua de los brazos. Los reemplacé con carne de gallina.
-Caramba, sopla el viento -dijo mamá. Ponte el jersey.
-Espera, que me estoy mirando la carne de gallina -dije.
-Harold –dijo mamá.
Me puse el jersey y observé las olas que subían y caían en la playa. Pero no torpemente. Muy a propósito, con una especie de verde elegancia. Ni siquiera un borracho se hubiese derrumbado con la elegancia de esas olas.
Era septiembre. Los últimos días, cuando todo empieza a ponerse triste, sin ninguna razón. Sólo había seis personas en la playa, que parecía tan larga y desierta. Los niños dejaron de jugar a la pelota, pues el viento, por algún motivo, los entristecía también, silbando de ese modo, y los niños se sentaron y sintieron que el otoño venía por la costa interminable.
Los kioscos de salchichas habían sido tapados con tablas doradas, guardando así los olores de mostaza, cebolla y carne del prolongado y alegre verano. Era como haber encerrado el verano en una serie de ataúdes. Una a una se golpearon ruidosamente las puertas, y el viento vino y tocó la arena llevándose el millón de huellas de pisadas de julio y agosto. De este modo, ahora, en septiembre, sólo quedaban las marcas de mis zapatillas de tenis, y los pies de Donald y Delaus Arnold, allá, junto al agua.
La arena volaba en cortinas sobre los senderos de piedra, y una lona ocultaba el tiovivo, y todos los caballos se habían quedado saltando en el aire, sostenidos por las barras de bronce, mostrando los dientes, galopando. No había ahora otra música que el viento, escurriéndose entre las lonas.
Yo estaba allí. Todos los otros estaban en la escuela. Yo no. Mañana yo estaría en camino hacia el Oeste, cruzando en tren los Estados Unidos. Mamá y yo habíamos venido a la playa a pasar un último y breve momento.
Había algo raro en aquella soledad y tuve ganas de alejarme, solo.
-Mamá, quiero correr un poco por la playa -dije.
-Muy bien, pero no te entretengas, y no te acerques al agua.
Corrí. La arena giró a mis pies, y el viento me alzó. Ustedes saben cómo es correr con los brazos extendidos de modo que uno siente los dedos como velas al viento, como alas.
Mamá, sentada, se empequeñecía a lo lejos. Pronto fue sólo una mota parda, yo estuve solo.
Un niño de doce no está solo a menudo. Tiene casi siempre gente al lado. No se siente solo dentro de sí mismo. Hay tanta gente alrededor, aconsejando, explicando, y un niño tiene que correr por una playa, aunque sea una playa imaginaria, para sentirse en su mundo propio.
De modo que ahora yo estaba realmente solo.
Me acerqué al agua y dejé que me enfriara el vientre. Antes, siempre había una multitud en la playa, yo no me había atrevido a mirar, a venir aquí y buscar en el agua y decir cierto nombre. Pero ahora…
El agua era como un mago. Lo aserraba a uno en dos. Parecía que uno estuviera cortado en dos partes, y la parte de abajo, azúcar, se fundiera, se disolviera. El agua fresca, y de cuando en cuando una ola que cae elegantemente, con un floreo de encaje.
Dije el nombre. Llamé doce veces.
-¡Tally! ¡Tally! ¡Oh, Tally!
Cuando uno es joven y llama así, uno espera realmente una respuesta. Uno piensa cualquier cosa y siente entonces que puede ser real. Y a veces, quizá, uno se equivoca.
Pensé en Tally, que nadaba alejándose en el agua, en el último mes de mayo, las trenzas como estelas, rubias. Se iba riendo, y el sol le iluminaba los hombros menudos de doce años. Pensé en el agua que se aquietó de pronto, en el bañero que se zambullía, en el grito de la madre de Tally, y en Tally que nunca salió…
El bañero trató de sacarla, de convencerla, pero Tally no vino. El bañero regresó con unos trozos de algas en los dedos de nudillos gruesos, y nada más. Tally se había ido y ya no se sentaría cerca de mí en la escuela, nunca más, ni correría detrás de la pelota en las calles de ladrillos, las noches de verano. Se había ido demasiado lejos, y el lago no permitiría que volviese.
Y ahora en el otoño solitario, cuando el cielo era inmenso y el agua era inmensa y la playa tan larga, yo habla ido allí por última vez, solo.
La llamé otra vez y otra vez. ¡Tally, oh, Tally!
El viento me sopló dulcemente en las orejas, como sopla el viento en las bocas de los caracoles, que murmuran. El agua se alzó, me abrazó el pecho, luego las rodillas, subiendo y bajando, así y de otro modo, succionando bajo mis talones.
-¡Tally! ¡Vuelve, Tally!
Yo sólo tenía doce años. Pero sabía cuánto la había querido. Era ese amor que llega cuando el cuerpo y la moral no significan nada todavía. Ese amor que se parece al viento y al mar y a la arena, acostados y juntos para siempre. La materia de ese amor era los días largos y cálidos en la playa, y el zumbido tranquilo de los días monótonos en la escuela. Todos los largos días del último otoño cuando yo le había llevado los libros a casa desde la escuela.
-¡Tally!
La llamé por última vez. Me estremecí. Sentí el agua en la cara y no supe cómo era posible.
El agua no me había salpicado tan arriba.
Volviéndome, retrocedí a la arena y me quedé allí media hora, esperando una sombra, un signo, algo de Tally que me ayudara a recordar.
Luego, de rodillas, hice un castillo de arena, delicado, construyéndolo como Tally y yo lo habíamos construido tantas veces, pero esta vez construí sólo la mitad. Luego me puse de pie.
-Tally, si me oyes, ven y construye el resto.
Me alejé hacia el lunar lejano que era mamá. El agua subió, invadió en círculos el castillo, y lo devolvió poco a poco a la lisura original.
Silenciosamente, caminé por la costa.
Lejos, el tintineo de un tiovivo; pero era sólo el viento.
Al día siguiente me fuí en tren.
Un tren tiene mala memoria. Pronto deja todo atrás. Olvida los maizales de Illinois, los ríos de la infancia, los puentes, los lagos, los valles, las casas, las penas y las alegrías. Las echa atrás y pronto quedan del otro lado del horizonte.
Alargué mis huesos, les puse carne, cambié mi mente joven por otra más vieja, tiré ropas que ya no me servían, pasé del colegio primario al bachillerato, y de ahí a la universidad. Y luego encontré a una joven en Sacramento. La traté un tiempo y nos casamos. Cuando cumplí veintidós años ya casi no recordaba cómo era el Oeste.
Margaret sugirió que pasáramos nuestra luna de miel postergada.
Como la memoria, el tren va y viene. Un tren puede devolvernos rápidamente a todo lo que dejamos atrás hace muchos años.
Lago Bluff, diez mil habitantes, subió en el cielo. Margaret estaba tan bonita con sus elegantes ropas nuevas. No sentía cómo el mundo viejo iba incorporándome a su vida, y Margaret me miraba. Me tomó del brazo cuando el tren se deslizó entrando en Bluff, y un hombre nos escoltó cargando el equipaje.
Tantos años, y las metamorfosis de las caras y los cuerpos. Caminábamos por el pueblo y yo no reconocía a nadie. Había casas con ecos. Ecos de correrías por los senderos de las cañadas. Rostros donde se oían aún unas risas entre dientes: las vacaciones y las hamacas de cadenas, y las subidas y bajadas en los columpios. Pero yo no hacía preguntas y miraba a un lado y a otro y acumulaba recuerdos, como apilando hojas para la hoguera del otoño.
Nos quedamos allí dos semanas, visitando juntos todos los sitios. Fueron días felices. Yo pensaba que estaba enamorado de Margaret. Lo pensaba por lo menos.
En uno de los últimos días paseamos por la costa. El año no estaba tan adelantado como aquel día, hacía tanto tiempo, pero en la playa se veían ya los primeros signos de la deserción próxima. La gente escaseaba; algunos kioscos estaban cerrados y claveteados, y el viento, como siempre, esperaba allí para cantarnos. Casi vi a mamá sentada en la arena como antes. Sentí otra vez aquellas ganas de estar solo. Pero no me atreví a hablarle de eso a Margaret. Callé y esperé.
Cayó el día. La mayoría de los niños se había retirado ya, y sólo quedaban unos pocos hombres y mujeres que tomaban sol, al viento.
El bote del bañero se acercó a la costa. El hombre salió a la orilla, lentamente, con algo en los brazos.
Me quedé quieto. Contuve el aliento y me sentí pequeño, con sólo doce años de edad, minúsculo, infinitesimal, y asustado. El viento aullaba. No podía ver a Margaret. Sólo veía la playa, y al bañero que venía lentamente con un bulto gris no muy pesado en las manos, y la cara casi tan arrugada y gris.
No sé por qué lo dije:
-Quédate aquí, Margaret.
-¿Pero por qué?
-Quédate aquí, eso es todo.
Fui lentamente por la arena, playa abajo, hacia donde estaba el bañero. El hombre me miró.
-¿Qué es? -pregunté.
El hombre siguió mirándome largo rato. No podía hablar. Puso el saco gris en la arena, y el agua murmuró alrededor subiendo y bajando.
-¿Qué es? -insistí.
-Extraño -dijo el bañero, en voz baja.
Esperé.
-Extraño -dijo otra vez, dulcemente-. Nunca ví nada más extraño. Está muerta desde hace mucho tiempo.
Repetí las palabras del hombre.
El hombre asintió.
-Diez años, diría yo. Este año no se ahogó ningún niño. Se ahogaron aquí doce niños desde 1933, pero los encontramos a todos a las pocas horas. A todos excepto a uno, recuerdo. Este cuerpo… bueno, debió de haber estado diez años en el agua. No es… agradable.
Clavé los ojos en el saco gris.
-Ábralo –dije.
No sé por qué lo dije. El viento gritaba más.
El hombre tocó el saco aquí y allá.
-¡De prisa, hombre, ábralo! –grité.
-Será mejor que no –dijo él. Luego quizá me vio la cara-. Era una niña tan pequeña…
Abrió sólo una parte. Fue suficiente.
La playa estaba desierta. Sólo había el cielo y el viento y el agua y el otoño que se acercaba solitario. Bajé la cabeza y miré.
Dije algo, una vez y otra. Un nombre. El bañero miraba.
-¿Dónde la encontró? -pregunté.
-Playa abajo, allá, en los bajíos. Ha pasado mucho, mucho tiempo, ¿no?
Sacudí la cabeza.
-Sí, sí. Oh Dios, sí, sí.
Pensé: la gente crece. Yo he crecido. Pero ella no ha cambiado. Es pequeña todavía. Es joven todavía. La muerte no permite crecimientos o cambios. Todavía tiene el pelo rubio. Será siempre joven, y yo la querré siempre, oh Dios, la querré siempre.
El bañero cerró otra vez el saco.
Un momento después eché a caminar por la playa, solo. Me detuve, miré algo. Aquí es donde la encontró el bañero, me dije.
Aquí, a orillas del agua, se alzaba un castillo de arena, la mitad de un castillo. Tally una mitad, y yo la otra.
Lo miré. Me arrodillé junto al castillo de arena y vi las huellas de los pies menudos, que venían del lago y volvían al lago, y no regresaban.
Entonces entendí.
-Te ayudaré a terminarlo –dije.
Lo hice. Construí el resto muy lentamente, luego me incorporé y me alejé sin volver la cabeza, para no ver cómo las olas lo deshacían, como se deshacen todas las cosas.
Caminé por la playa hasta el sitio donde una mujer extraña, llamada Margaret, me esperaba sonriendo…