Escuer y Bernal

5 de abril de 2011

EL HADA

Jéssica de la Portilla Montaño


Hace varios años encontré un hada en el jardín.

Dijo que era un hada del amor, que me traería buena suerte, que sólo tendría que cuidarla mientras pasaba el invierno. Acepté. Creí que sería sencillo, como proteger catarinas o una luciérnaga. Le mostré una cajita dorada con forro de terciopelo, pero ella quiso habitar un frasco de mermelada. Cumplí su deseo. La dejé en el recipiente que parecía una burbuja. La cubrí con hojas de manzanilla para darle calor.

No abandonó su hogar ni un instante. Cada mañana la vi limpiar sus alas con gran esmero. De noche me contaba historias sobre sirenas y otros seres. Los primeros días se alimentó con pétalos de rosa que yo le di, pero pronto dejó de prestar atención a todo. Ya comenzaba a entonar las canciones tristes que aún me hacen tener sueños tristes.

Sus alas se cubrieron con un fino polvo plateado. Su cuerpo rosa y azul se fue haciendo blanco. Pensé que el invierno era el culpable de que ella fuese cada vez más transparente, pero horas antes del equinoccio vi que estaba muerta. Utilizó una telaraña como soga para atársela al cuello y apretar el nudo corredizo mientras yo dormía.

La miré. Yacía inmóvil en el fondo de un frasco de mermelada. No supe que debía cuidarla de sí misma... De sus ojos en blanco brotaban lágrimas que el aire hizo cristal y que el piso rompió. Le arranqué las alas para conservar un recuerdo antes de enterrarla en el jardín, bajo un arbusto marchito, justo en el mismo lugar donde la hallé.

El día en que ella murió dejé de creer en fantasías. Las hadas no existen. Jamás encontré otra.