Escuer y Bernal

4 de junio de 2009

LOS ENCANTADOS

Miguel Cane

Para Sandra Hussein
¿jamás crecí para tu ser?
¿alguna parte de tu cuerpo
siguió vivida de mi infancia?
¿por eso me expulsaste
de tu morir?

Juan Gelman

La clase de los jueves a las seis termina casi de súbito. 
No se percató, concentrada como estaba, del tiempo transcurrido –plié, plié, demiplié, pas-de-bourre, otra vez, vamos niñas, vamos, y uno-y-dos-y-tres…– hasta que cesa el piano y en segundos las demás se apresuran a salir, echándose encima los abrigos, capitas azules del colegio (así reconoce a las del Sagrado Corazón, con su emblema bordado) y suéteres. Madame permanece estática junto a la barra, bastón en la mano izquierda, la derecha restirándole la frente como si – será cierto, ha visto a tanta gente hacerlo antes– así fuera a desaparecerle el dolor de cabeza que seguramente tiene ya a esa hora. 
Andrea es la última. Las alumnas de la siguiente clase ya se aparecen en el quicio de la puerta mientras corre hacia la escalera, no alcanza a ninguna de sus compañeras, la mochila le pesa al hombro, lleva las zapatillas aún en la mano. Al llegar a la calle no queda nadie ya.
Tendrá que volver a casa sola.

Esto no está tan mal, aunque siempre es mejor regresar con alguien – con Margarita o las gemelas, Penélope y Patricia, que son sus vecinas y que todo el tiempo se llaman una a la otra “geme” hasta que ya no se sabe cuál es cuál- y reírse y comprar dulces en la esquina, contar chistes o cantar canciones que oyen en la radio o ver los escaparates en la avenida, pero ya es invierno y anochece más de prisa – ahora la noche no cae, se desploma, dijo Madame y eso es verdad, un descuido y está oscuro como boca de lobo antes de las siete- y no puede distraerse ni aunque quiera. Cruza rápido las calles y pronto ve aparecer ante ella el parque de su barrio, donde antes – todavía hace un par de veranos- solía ir a jugar con algunos de los niños que se acercaban al espacio de juegos, con columpios, un volantín y espacio para, a veces, fútbol y otras, juegos más modestos, como lo que ahora ve hacer a un grupo de niñitos como de ocho años, o menos. Juegan a algo que reconoce, se detiene a mirarlos por un momento; los encantados.

Aunque ella ha crecido, el juego permanece igual, las reglas son las mismas que cuando jugaba con las gemelas y otros niños a los que no ha visto desde que dejó la primaria, las mismas que cuando su madre jugaba, en otro pueblo, de niña también. Se hace un círculo y forman dos equipos. Uno se queda en la base y el otro corretea alrededor de la plazoleta. Supone que para escoger qué equipo quedaba en la base, lo echaron a suertes, tirando una moneda al aire, o con una corcholata (un lado cara y el otro cruz). Así, balanceando los libros, ve cómo los jugadores que están en la base salen de allí, los otros los persiguen. Si llegan a tocar a alguno, éste quedará encantado, inmóvil en ese lugar, hasta que otro de su mismo equipo pase a desencantarlo. El juego termina cuando todos quedan encantados, como una galería de estatuas.
Andrea sonríe un momento y en seguida se aleja, retoma el paso, oye las risas quedar atrás mientras cruza la glorieta, esquiva el paso de un colectivo que va muy rápido (¡Niña, ten más cuidado!, la voz de la abuela hace eco de tiempo pasado ¡ésos son unos cafres y tú una tontorrona!) y luego da vuelta a la esquina para llegar a su calle. Mira el reloj que le dieron hace unos meses, al cumplir catorce, con un aro de piedras brillantes en torno a la carátula. Hizo el recorrido habitual de quince o veinte minutos en poco más de diez, aún con su escala en el parque. Llegará a tiempo para ayudar con la mesa y la hora de la cena, no habrá razón para un regaño por tardanza.

Al llegar, la casa estaba abierta. La radio puesta. Oscuridad.
Esas cosas las podrá recordar más tarde, cuando le pregunten, si le preguntan, aunque tal vez no lo hagan. Lo último que tiene claro es que son casi las siete y media del jueves, que lleva las zapatillas rosadas en la mano y el leotardo bajo la falda tableada del colegio, que es invierno y que unos niños en el parque juegan a los encantados.

No vio coches extraños fuera, solo el Renault azul de su papá y la puerta del zaguán abierta, el patio desierto, con la vespa de su hermano David contra la pared –¿David ya está en casa? Pero David, que es mayor que ella cuatro años, llega del politécnico hasta las ocho o así, ¿por qué a esta hora…?- y luego, la música. Mamá oye la radio mientras plancha, en el comedor, así se acompaña. Oye una estación que toca canciones viejitas, de los grupos que le gustan, en inglés.
Nights in white satin…
–¡Ya vine!
…never reaching the end…
No hay luz. Busca a tientas el apagador que enciende el pórtico, pero no hay luz.
…letters are written/never meaning to send…
–¿Mamá?
La oscuridad es sólo en la casa; hay luz en su calle, lo sabe porque se encienden los arbotantes afuera y los vecinos de enfrente, los Romero, tienen foquitos colgados todo el año en su reja, como si fuera siempre Navidad. La radio era a pilas, por eso sonaba, aunque el volumen era muy fuerte, se oía hasta la calle.
Andrea deja la mochila junto a la puerta y con las zapatillas aún en la mano, suaves, de listones sedosos al tacto, entra a la sala.

Sus ojos tardan un poco en adaptarse a la oscuridad; tiene que parpadear para que suceda, y por un momento, aunque ha vivido aquí siempre, le parece un lugar desconocido, sin dimensiones, un abismo que lo traga todo mientras avanza, un paso tembloroso, luego otro. No hace ruido, no escucha tampoco más que su respiración (pero eres tonta, de verdad tonta, Andrea. No pasa nada, es sólo la caja de los fusibles, es todo, niña boba y tú asustándote de todo, eres una cobarde y una idiotita…) que la llena por completo. 

Con luz, en otras ocasiones, la estancia es completamente distinta: cálida, no hostil. Su madre coloca la radio sobre el trinchador y extiende la tabla de planchado en ángulo opuesto a la puerta, para verla entrar. Los sillones nunca han estado cubiertos de plástico – mi sala es para que se use, eso sólo lo pone la gente corriente y sin gusto, lo dijo su madre una vez, que volvieron ella y papá de un compromiso en casa de un compañero del trabajo de él, cuya mujer, le contó más tarde, cuando papá se había ido a la cama, había forrado sus horrendos muebles imitación Luis XV con plástico transparente-; en la mesa de centro siempre hay flores blancas y sobre la repisa de la chimenea una serie de fotos de familia: la boda de sus padres, David de pequeño, Andrea da primeros pasos, los abuelos maternos y paternos, alguna mascota ya desaparecida (mira, el Tomasito, tan buen perro que era), vacaciones con los primos en el lago o en la playa.
Ahora mismo, Andrea no ve casi nada.
¿Me voy? ¿Grito? ¿Corro?
Titubea, da otro paso y entonces ve el movimiento desde el fondo, por el corredor corto que comunica con las otras habitaciones de la casa, que es de una sola planta y el patio trasero, donde se cuelga la ropa al sol. Algo viene hacia ella, la va a embestir de no apartarse y Andrea aprieta las zapatillas contra su pecho, alza los brazos como escudo, como defensa contra el choque seguro, que no se produce; unas manos la toman por los antebrazos, los hombros, le alzan la cara para que mire el rostro en claroscuros que le toma unos momentos espantosamente largos en esta confusión, como el de Magdalena, su madre.

– Corre. 
No obedece, no se mueve, ella misma está paralizada al toque, hasta que su madre la sacude. – Ven, corre, corre, ¡que corras!
La empuja consigo afuera, al patio y dejan atrás la mochila volcada ahora, los libros de la escuela desparramándose y la motoneta de David y el zaguán abierto y la música a todo volumen; Magdalena la tiene tomada del brazo y la aferra como ella a las zapatillas, que es lo único que en ese momento le parece real. Es hasta que pisan asfalto al cruzar la calle, que Andrea ve a su madre cojear, le falta un zapato, con una sacudida se quita el otro para correr descalza. Andrea obedece, mecánica, sus ojos crecen al írsele revelando detalles por momentos, al pasar por las luces del alumbrado, sin volver la vista hacia la casa, aunque oiga – o cree que oye- pasos tras ellas, cree ver un coche negro, o dos, además del de papá. Mamá, ¿qué pasa, por qué…? No habla, no le dice algo y Andrea retiene un grito al ver la sangre que escurre de su nariz, de ambas fosas, como un torrente arrollador y deslumbrante, le escurre hasta el mentón, los labios, la camisola. Magdalena está totalmente blanca bajo la máscara de sangre. En otro instante, uno que podría resurgir en otras pesadillas que repitieran este mismo patrón aunque con la lógica absurda de los sueños, verá que también hay sangre en su frente, y en sus manos, porque el suéter está manchado, nieve enrojecida.
– Mam… (estás sangrando, mami estás –)
No tiene voz, sólo corre, la ve descalza, con el fondo que asoma bajo la falda, cabello en desorden – Mamá, Magda, que se peina y se arregla cada mañana, cuando ella ya se fue a la escuela, así ha sido siempre, para estar presentable así sea sólo ante la pescadera o el carnicero-, tiene salpicaduras que pasan del escarlata al óxido, y Andrea comprende, con una sensación de vértigo por dentro aunque no pierde pie, que no toda es suya, también hay sangre ajena sobre ella y que tal vez ella tampoco comprende por qué.

- No,- la voz clara y rotunda de Magdalena, en la cocina, a puerta cerrada con Sergio, es decir, Papá, o el profesor Arciga, como preguntan a veces por él cuando llaman por teléfono y ella es quien atiende: buenas, nena, ¿estará el profesor? Voces de jóvenes que no conoce, pero que le gusta imaginar como muchachos guapos que se apasionan por lo que papá enseña en la cátedra que da, se apasionan por él y quien sabe, cuando sea mayor ella y vaya algún día de oyente a esa aula como auditorio, tal vez alguno se apasione por ella. Voces de jóvenes a deshoras y hablando muy deprisa.
– No, Sergio, ¿te enteras? No van a involucrarse, ni tú ni mi hijo, en algo así.
Papá que responde en murmullos, ¿por qué no lo dejará ella en paz, por qué no lo deja hablar en casa como en su clase? Y Magdalena, Magda, mamá, la señora de Arciga: - No, no, no, ni hablar. Explícale tú, piensen en su…
Y así. Pero eso está lejos de su mente ahora, que Magdalena trastabilla, mira por encima del hombro, sin soltarla, sangra, no jadea ni grita, solo sangra un poco más de la nariz.

Evitan en su carrera a los coches que dan vuelta rápidamente a la glorieta, pasan las luces rasgándolas, las bocinas las insultan. Es ahora que algunos ojos se vuelven hacia ellas, con desconcierto, acaso alarma, no les obstruyen el paso. Andrea con las zapatillas contra el pecho y el miedo atorado en la garganta, algo que no puede escupir ni vomitar, su madre zozobra, están en el parque, que parece inhóspito, tenebroso, se abren paso hasta el círculo de niños que hace unos minutos (sólo han sido unos minutos, se daría cuenta después, en otro momento, si recordara) jugaban a los encantados y ahora son estatuas de pavor que ven a la mujer arrastrar como a una muñeca de trapo a la muchachita casi de su estatura, van encorvadas, como bajo una lluvia de fuego que sólo una de ellas percibe, hasta el centro del campo de juegos, donde de pronto Magda se desploma, se convulsiona un momento y fenece, en un intervalo de silencio que se va rodeando de murmullos, de respiraciones entrecortadas, del clamor de una patrulla.

Andrea ve a su madre, que sangra, no sabe si aún respira, no quiere tocarla, sólo oprime las zapatillas revestidas en raso, ahora salpicadas como está toda ella, no se les quitará nunca. Andrea ve la cabeza en el suelo, casi inconexa al resto del cuerpo, las piernas en un canto roto, pies descalzos.
Los policías se abren paso entre la gente. Hay otros más que llegan. Son varios, de uniforme y otros de paisano. Algunos dirían que para esto, son muchos, se desprenden de las muchas sombras de los árboles. Uno le habla, lisonjero, como el lobo al cerdito, dice ven, nenita. Ven con nosotros.
Andrea permanece inerte. 
Nadie la desencanta.